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Con la ayuda de una beca de la Chicago Coalition for the Homeless, este otoño Alexandria Bolling comienza su primer año en la Howard University, la universidad de sus sueños. Alex estudia magisterio, otro de sus sueños desde que tiene uso de razón.

Pero su camino no ha sido fácil.

Originarios del sureste de Luisiana, los padres de Alex se separaron cuando ella tenía cuatro años, dejando a su madre sola para criar a Alex, su hermana gemela y sus dos hermanos. Poco después, el huracán Katrina destruyó el apartamento de la familia y la mayoría de sus pertenencias. Tuvieron que ir de casa en casa de unos parientes hasta que su madre pudo volver a ponerlos en pie.

"Mi madre siempre tuvo conciencia social y exigió lo mejor de nosotros mismos", recuerda Alex. "Nos enseñó a tener voz propia". Pero Alex era tímido, más observador: "Me gustaba oír lo que los demás tenían que decir".

A los 14 años, Alex tomó la difícil decisión de abandonar su hogar y trasladarse al norte, a Evanston, en busca de mejores oportunidades educativas. El dinero era escaso -se quedó a vivir con una tía y siete primos pequeños-, pero el cambio de entorno académico resultó beneficioso.

Fue en su nuevo colegio donde Alex empezó a hablar y se encendió su pasión por la justicia social. En clase se fomentaban los debates sobre temas sociales: "Aprendí lo que significa luchar por lo que es justo". Se unió al equipo de debate, del que fue capitana en su último año.

"El debate me abrió las puertas a lo que podía ser cuando defendía los intereses de los demás", afirma Alex. Compitió por todo el país, defendiendo proyectos de ley para apoyar programas juveniles. Dirigió un grupo para que compañeros de color compartieran sus experiencias. Participó en un paro escolar contra la violencia armada.

Pero el verano anterior a su tercer año, los problemas económicos obligaron a su tía a abandonar su casa de Evanston. Alex se vio obligada a vivir con unos parientes en el extremo sur de Chicago. Su trayecto al colegio superaba las tres horas, con dos autobuses y un tren. Esto le quitaba un valioso tiempo de estudio y le dificultaba llegar a tiempo a la escuela. Perdió amigos y sus notas se resintieron.

"La falta de vivienda acabó con mi confianza", afirma Alex. "Me afectó emocionalmente. Me costó mantener un nivel de beca del que me sentía capaz".

A pesar de estas dificultades, Alex perseveró. Continuó en el cuadro de honor. Participó en Evanston Scholars, un programa de preparación para la universidad. Trabajó como monitora en un campamento para niños sin hogar. Y después de años de lucha, está orgullosa de asistir a una universidad históricamente negra, como hizo su madre.

"La falta de vivienda no tiene por qué impedirte triunfar", afirma. Pero el apoyo es crucial.

Alex da las gracias a su madre y a su mentor de Evanston Scholars por su orientación, así como a una profesora que mostró empatía con su situación. "Cuando llegaba muy tarde a clase, en lugar de regañarme, me ponía al día enseguida", dice Alex. "Ella priorizó mi éxito y mi educación por encima de mi retraso".

Como futura educadora, Alex pretende hacer lo mismo.

"La educación es algo más que los libros de texto y las lecciones de historia", afirma. "Es una comunidad dentro de un aula".

¿Y su deseo para sus futuros alumnos? "Quiero que encuentren la felicidad y la paz, pasen por lo que pasen".

- Relato de Erin Sindewald

- Fotos de Claire Sloss