Por Mary Schmich
Un jueves por la noche a finales de junio, Tavarion Laquon Foster se puso su mejor ropa —pantalones caqui, mocasines negros y una camisa negra abrochada casi hasta arriba— y se fue al centro de la ciudad para celebrar la beca universitaria que le había concedido la Coalición de Chicago para la « sin hogar ».
De pequeño, Tavarion no se consideraba un « sin hogar ». Tenía 6 años cuando empezó a acostarse por las noches sin una cama propia, pero para él, ir de casa en casa y de cama en cama era simplemente la vida.
Esa noche, en la ceremonia de entrega de becas, se sentó en primera fila, inclinado hacia delante para escuchar a los demás ganadores. Se sentía bien al estar con gente cuyas vidas no eran tan diferentes de la suya.
Había una joven que había vivido en albergues y en casas sin agua caliente. Había un joven que tenía que cambiar de colegio cada vez que cambiaba de casa. Una estudiante se había mudado de Luisiana a casa de su tía en Evanston sólo para que desahuciaran a la familia.
"Mi hermosa madre", dijo a la multitud, sin explicar lo extraordinario que era que los dos estuvieran en esta sala, y con este propósito, juntos.




